lunes, 14 de abril de 2008

carnes


Los valores organizacionales son tomados, muchas veces, como sentencias vanas que realmente no inciden en el desempeño corporativo, pero si se analizan sus verdaderos alcances, los valores compartidos constituyen el cimiento de la organización y generan beneficios para las personas y empresas que los aplican.
Generalmente, las empresas cuentan con un plan estratégico en el cual se pueden encontrar bonitas y elegantes frases que "retratan" sus propósitos y valores fundamentales, entre ellas: la misión, la visión, la filosofía de la empresa y lógicamente los valores.
En estos planes estratégicos se encuentran frases como: "Uno de nuestros valores fundamentales es el COMPROMISO, que significa para nosotros ética y profesionalismo, interés por la problemática social de nuestro entorno, disposición de servicio..." Esta realidad permite apreciar que dentro de las empresas y muy especialmente los directivos, no tienen claro que los valores compartidos realmente son un arma competitiva y que más bien los menosprecian hasta el grado de considerarlos frases inútiles para el desempeño corporativo que solo sirven para mostrar de vez en cuando a los empleados para hacerlos sentir un poquito mejor. Los valores organizacionales son la convicción que los miembros de una organización tienen en cuanto a preferir cierto estado de cosas por encima de otros (la honestidad, la eficiencia, la calidad, la confianza, etc.) [1]
Los valores organizacionales compartidos afectan el desempeño en tres aspectos claves, proveen una base estable (guía) sobre la cual se toman las decisiones y se ejecutan las acciones; forman parte integral de la proposición de valor de una organización a clientes y personal y; motivan y energizan al personal para dar su máximo esfuerzo por el bienestar de su compañía. Así se crea una fuente de ventaja competitiva que es difícil de replicar ya que se fundamenta en valores propios y únicos de la organización. [2]

foto de uniformes


Playas Doradas


Playas doradas y acantilados de vértigo convierten la costa de Na Pali en un paraíso terrenal, y en una mina de oro para el sector turístico. Por Joel K. Bourne, Jr.; fotografías de Diane Cook y Len Jenshel
El camino al imaginario paraíso de Shangri-La es intangible, un viaje místico hasta un oculto valle donde reinan la paz y la belleza. Pero en la isla hawaiana de Kauai, basta con tomar la carretera de Kuhio, una serpenteante cinta asfaltada de dos carriles de la costa norte. Allí, pasada la playa de Ke‘e, los acantilados de Na Pali surgen del Pacífico como un inmenso muro que mantiene a raya el mundo moderno. Naturalmente, ésta es una hermosa ilusión. A diferencia del mítico Shangri-La, Na Pali aparece en todos los mapas turísticos de Kauai, y en parte es por culpa de esta revista. En un reportaje sobre Hawai publicado en 1960 apareció una fotografía que descubría un frondoso valle protegido por riscos de 900 metros de altitud a una generación ansiosa por conocer parajes similares. El pie de foto decía: «Los imponentes acantilados de Na Pali cercan un valle paradisíaco [...]. Selváticas cañadas sepultadas entre los cerros ofrecen al aventurero un mundo primigenio». Aquella imagen, sucedida por otras muchas en películas y publicaciones, inspiró una peregrinación que dura hasta hoy. Algunos visitantes recorren en kayak los 25 kilómetros de abruptos acantilados, con grutas marinas y playas ondulantes, aprovechando las aguas calmas del verano; otros hacen la excursión en lanchas fuera borda. Los hay que eligen el trayecto de una hora en helicóptero para contemplar la vista que aparece en Parque Jurásico (muchas escenas de esta película, así como de King Kong, Al sur del Pacífico y otras fantasías de Hollywood se rodaron en Na Pali). Los que están en forma acometen un agotador camino de cabras de 18 kilómetros hasta el valle más grande, Kalalau, donde a veces se instalan durante semanas, sobrepasando el permiso de acampada de cinco días. Todos ellos son testigos tardíos de un drama geológico que se ha desarrollado a lo largo de millones de años. La costa de Na Pali es el flanco herido de un antiguo volcán de escudo que en su día medía más de ocho kilómetros desde el fondo marino hasta la cima. Lea el artículo completo en la revista